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Cuando Ana empezó terapia, no buscaba cifras, buscaba dormir. En la tercera sesión entendió por qué: el psicólogo le explicó que el estrés crónico eleva el cortisol, una hormona que afecta la memoria y el sueño. Con ejercicios cognitivo-conductuales —una terapia con evidencia sólida; metaanálisis muestran reducciones significativas de ansiedad y depresión— Ana aprendió a cuestionar pensamientos automáticos. Cada semana, su cerebro practicaba nuevas rutas: la neuroplasticidad permite que, con repetición, cambien los circuitos emocionales. La OMS estima que la depresión afecta a más de 280 millones de personas, y la terapia es una de las intervenciones más costo-efectivas. Dos meses después, Ana dormía mejor. No fue magia: fue ciencia aplicada a su historia.